HacedoresCDMX, la Ciudad de Hacedores

Mario Ballesteros

Caminar del Eje Central hacia 20 de Noviembre recorriendo las calles que rodean el antiguo Colegio de las Vizcaínas (San Ignacio, República del Salvador, Aldaco, Bolívar) es adentrarse en un embrollo atemporal. Detrás de los pesados muros de vecindades y palacios virreinales decaídos, estallan luces de efecto estroboscópico, máquinas de humo, series de LED y rayos láser. En esta tierra de tlapalerías, tiendas de iluminación y locales de equipos de audio, se esconden algunos de los filones creativos más inusuales de la ciudad.

Ahí mismo, en la calle de Mesones, a un costado de la legendaria tienda de Discos Chowell (con su mural dedicado a Divine y su tesoro vinílico de rarezas del Hi-NRG y el Italo Disco), detrás de un portón ordinario, está la guarida del ingeniero electrónico retirado Edmundo Sulca, originario del Perú, antiguo estudiante de teatro y –según cuenta él mismo con toda seriedad– descendiente de un guardia personal de Hernán Cortés y Francisco Pizarro. El Sr. Sulca atiende un pequeño taller-trastienda en donde desde hace veintitantos años, bajo la marca Sulca Electronics, inventa, diseña, prototipa y produce sus propios proyectos y kits de electrónica. El Sr. Sulca es un maestro del aprovechamiento de recursos escasos que tiene a mano: viejas placas de circuitos, cables y pedacería electrónica (diodos, bobinas, interruptores, fusibles y componentes varios) para dar vida a una curiosa fauna de proyectos esotéricos de tecnología casera, empaquetados en envases Tupperware de todos los tamaños: amplificadores portátiles, equipos de electroacupuntura, alarmas sísmicas y hasta un kit que, de acuerdo a su inventor, ayuda a aliviar el mal de Alzheimer.

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En una gastada carpeta de argollas, el Sr. Sulca guarda cientos de dibujos y fichas con instrucciones de armado y funcionamiento detallados para cada uno de sus proyectos, que archiva junto con una colección de libros, revistas de tecnoaficionado y artículos impresos de internet. Para él, el autoaprendizaje es una constante cotidiana, tan natural como tomar café por las mañanas o lavarse las manos después de ir al baño.

Edmundo Sulca es lo que en Estados Unidos o Europa llaman un maker, un hacedor, aunque él no lo sepa (y si lo supiera, seguramente la etiqueta lo tendría sin cuidado). Como él, en esta ciudad hay decenas, o probablemente cientos, de personas que –ya sea por gusto, ingenio, curiosidad, para ganarse la vida o por instinto de supervivencia– deciden crear o cambiar su entorno con sus propias manos. Los hacedores de la Ciudad de México cubren una gama amplísima: pueden ser más o menos tecnológicos, más o menos sofisticados, más o menos artísticos, más o menos científicos, más o menos artesanos; pero todos son reflejo de una tradición local bien arraigada y de una tendencia global que está transformando lo que entendemos por producción e innovación.

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A todos ellos estuvo dedicada HacedoresCDMX, o Ciudad de Hacedores, la primera feria maker de la Ciudad de México, organizada por el Laboratorio para la Ciudad el pasado fin de semana, en el marco del Abierto Mexicano de Diseño, cuya segunda edición estuvo dedicada a los Procesos. Reunidos durante dos días en la Plaza Tlaxcoaque, la plaza pública a un costado del Laboratorio, que como pocas veces estuvo llena de gente y actividades, los hacedores mexicanos tuvieron oportunidad –tras participar en una convocatoria abierta donde se inscribieron más de 200 proyectos– de compartir lo que hacen con el resto de la ciudad. En HacedoresCDMX hubo simuladores virtuales y vuelos de drones, robots e impresoras 3D, pero también artesanos digitales que incorporan a sus técnicas tradicionales componentes electrónicos o tecnológicos, proyectos sostenidos por el reciclaje y reuso de desechos, inventores informales creando dispositivos a partir de los huesos y pedacería de herramientas caducas, propuestas de hackeo de infraestructura urbana y creativos a pie de calle.

En HacedoresCDMX comprobamos que para la Ciudad de México, hacer es el pan nuestro de cada día. Aquí entendemos muy bien que lo que producimos es también lo que nos define y nos identifica. Nuestras fortalezas creativas y productivas están firmemente ancladas entre el gusto por la novedad, la adopción y propagación tecnológicas, una rica tradición de creación manual, y también la necesidad, la informalidad y la precariedad traducidas en ingenio colectivo y cultura házlo tú mismo. En la Ciudad de México no somos adeptos a aceptar la realidad como se nos da, más bien estamos acostumbrados a trabajar para cambiarla y moldearla, muchas veces de tajo. HacedoresCDMX fue muestra de que en México la cultura maker se alimenta de una tradición y una energía latentes que queremos potenciar a través de nuevas herramientas, nuevas actitudes y una serie de condiciones globales –tanto adversas como positivas– que hacen de este un momento excepcionalmente propicio.

Este fue el panorama que presenciamos en los proyectos exhibidos, pero también en los núcleos curatoriales que fortalecieron la oferta de la feria: las últimas tendencias en fabricación digital y prototipado rápido de bajo costo y alto rendimiento, presentadas por Lino Romero de Ideas Disruptivas; la sutil belleza de incorporar componentes electrónicos y digitales en textiles tradicionales y la reinvención de formas de producción y creación en los proyectos de Amor Muñoz; diversidad, sutileza y riqueza de propuestas interactivas low-tech por Iván Abreu; el universo fantástico de la cultura maker infantil ideada por los talleres para niñas y niños de Tinker, de Manuel Alcalá y Jorge Camacho; la necesidad transformada en innovación en el trabajo de los inventores informales de Jota Izquierdo; y las entrañas de una ciudad lo suficientemente inteligente y creativa como para reapropiarse y dar nueva vida a lo que el mundo considera caduco, inútil o desechable en las propuestas de Juan Pablo Villegas. La riqueza de la cultura hacedora local la reafirmó el entusiasmo de nuestros invitados internacionales frente al panorama productivo y creativo de la Ciudad de México: “lo que tienen aquí, a nivel de calle y de forma espontánea, es lo que ciudades como Nueva York o Londres estamos tratando de reproducir y crear a fuerza” comentó Emeka Okafor, uno de los fundadores de Maker Faire Africa.

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El movimiento maker global ha despegado por la proliferación del hardware abierto y las herramientas de fabricación digital (y su abaratamiento). Pero no sólo es una revolución tecnológica, sino un profundo cambio cultural y productivo que responde también a las condiciones de fragilidad económica generadas por una recesión global. Ahora es el turno de la Ciudad de México. Con HacedoresCDMX queremos demostrar que esta ciudad tiene todo para convertirse en un epicentro maker global. La cultura hacedora, con su feliz fricción entre conocimiento tácito, autoaprendizaje y experimentación; con sus formas de hacer frente a la escasez material con exceso creativo; con su mezcla de lo popular, lo primitivo, lo novedoso y lo ingenioso; con su apreciación del potencial subaprovechado del talento común, compartido y colectivo, resuena de forma profunda y natural con la forma de ser y hacer de nuestra urbe. En la cultura hacedora de la Ciudad de México se funde ese arraigo tradicional con una renovada vocación productiva y la semilla de lo que podría ser un nuevo despertar creativo, tecnológico y cultural.