Capital Creativo

Para hablar de capital creativo es importante tener en cuenta su antecedente: el concepto de capital humano. La noción de capital humano sostiene que si la preparación académica del individuo se incrementa, habrá como consecuencia un mayor crecimiento económico y, por ende, una mejora en la calidad de vida. En esta línea, a nivel urbano y distinto a la noción de creatividad como cualidad individual, el capital creativo se refiere a las capacidades sociales de innovación y actividades exitosas de innovación y creatividad que contribuyen al desarrollo de competitividad económica y redes de colaboración de una región urbana (Krätke: 2012).

En años recientes, la dimensión de cultura se ha visto ampliada a través de los conceptos de creatividad e industrias creativas, los cuales se han expandido a pensar más en relaciones y procesos, y no sólo en disciplinas y productos concretos. La noción de cultura ha mutado de un imaginario estático e histórico que apela a grandes museos, tradiciones, patrimonios o carreras profesionales, a ser un bien vivo que muta y se nutre de procesos creativos cada vez más diversos.

Es difícil definir los límites de un sector creativo, pero aún más difícil es intentar cuantificarlos. De igual manera, en los últimos años no sólo disciplinas que tradicionalmente se concebían como creativas se han multiplicado, ramificado y aumentado su terreno de acción, sino que también, cada vez más procesos y sectores —incluido el sector público— identifican el valor agregado que aporta una aproximación creativa a incidir en cadenas de valor, procesos, conceptualización de conceptos y sistemas complejos. Esto hace de metodologías y propuestas creativas un recurso indispensable, tangible e intangible para hacer que los lugares del mundo sean más habitables y abiertos y preparados a los cambios que impone el tiempo.

Recientemente se han llevado a cabo diversos estudios para entender y dimensionar la participación del capital creativo en la economía, e incluso en su impacto a calidad de vida. Uno de ellos es el Índice de Capital Creativo diseñado por la fundación Calbert22 en colaboración con la consultora PriceWaterhouse Cooper para medir la creatividad e innovación de varias ciudades en Rusia. Otra red internacional que evalúa el capital creativo en las ciudades es la Red de Ciudades Creativas de la UNESCO compuesta por 180 ciudades bajo siete categorías distintas: diseño, gastronomía, artesanías, artes digitales, cine, literatura y música.

En 2017, la Ciudad de México fue incluida en la Red de Ciudades Creativas de la UNESCO bajo la categoría de diseño, nombramiento que busca entender, valorar y potenciar todas las prácticas creativas que existen en el territorio de la metrópolis. El capital creativo de la Ciudad de México está anclado a tiempos prehispánicos y se ha nutrido de un palimpsesto histórico de manifestaciones culturales, el periodo novohispano, la modernidad y la era actual tecnológica, diversa e incluyente. Si bien, la CDMX se caracteriza por ser una ciudad creativa, apenas comienzan los esfuerzos por medir este activo y poder impulsarlo hacia mayores y mejores beneficios para la ciudad y el ecosistema.

¿Qué pasaría si medimos la riqueza por la cantidad de creatividad que tenemos en vez de la cantidad de dinero que tenemos? Para el LabCDMX esta es la provocación principal para hablar de capital creativo. Esto se entiende y se vive a través del amalgama que se hace entre la cultura, la creatividad urbana y la economía creativa. Es la capacidad que tiene la Ciudad de México de querer estar en sus calles, de atraer talento y potenciar el existente, de ser diseñador activo del espacio en que vivimos.