Sentir la ciudad: recorrido contemplativo

Darío Camacho

Caminar y meditar en la ciudad, me pareció una invitación inquietante y sugerente. La respiración con ritmo y atención, así como el silencio, son ingredientes que asocio con la experiencia misma de meditar. Y también el reposo. Imaginaba como una tarea ardua e imposible llegar a la máxima atención y concentración inmerso en el ritmo frenético de la ciudad, sintiendo la prisa con el ronroneo de los motores y escuchando el reclamo de las bocinas de los coches, cuando el que va delante sea un peatón u otro conductor demora unos segundos por una mínima distracción, quizá porque un pensamiento, una imagen, una sensación o un recuerdo los habitó con la tregua del semáforo. Inconciliables a primera vista, el silencio y la ciudad.

Al menos veinte personas hicimos visible el acto de caminar: conscientes de seguirnos unos a otros en fila, serpenteando en silencio, atentos a lo que pasaba dentro de nosotros mismos y en nuestro entorno: el ejercicio de la caminata consistía en hundirnos en la ciudad a través de la percepción, acechando un aroma, una grieta, un rostro, un color, una textura, un rincón… Me atraparon los rostros y las miradas que jugaban en los tiempos muertos, en la espera para continuar el movimiento hacia un destino, ese transitar de los cuerpos en las calles con moción propia o transportados por una máquina.

Cuando el rojo suspendía la circulación de los vehículos en el arrollo vehicular, en más de una ocasión me vi siendo observado por los conductores y en otros casos, los asaltaba yo con la mirada. Con nuestro silencio y nuestra particular manera de deambular y recorrer la ciudad sosteníamos la mirada con otro ritmo en los ojos: ellos buscaban llegar a un punto, con algún propósito o finalidad; nosotros en un vagabundeo observábamos y respirábamos con ritmo lo que pasaba en el instante de un alto. Allí detenidos, esperando el alto, observando atentamente y luego con el verde la invitación a seguir caminando con orden, ritmo y pausa, en las miradas extrañadas de las personas desde sus automóviles o en sus motocicletas intuía algunas perplejidades y preguntas que dejaban nuestros pasos.

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Y es que el aparato circulatorio impone una experiencia de la ciudad desde la clave del traslado y el desplazamiento: tiempo para el trabajo y la producción. Se impone la eficiencia y la máxima de ganar tiempo a los embotellamientos. Ahorrar tiempo es la métrica preferida para justificar la necesidad de nuevas obras urbanas y viales:  la ciudad como arena y espacio de disputa en el que todos batallamos por perder el menor tiempo posible.

El paisaje cada vez más saturado y denso, con arterias nuevas, apiladas unas sobre otras: y la saturación, sin darnos tregua. No queremos perder tiempo pero tampoco estamos en él; ni lo gozamos ni lo consumamos, se escurre en una cara larga de impotencia: el tedio del aparato circulatorio detenido, creciendo cada vez más rojo, ansioso y tenso, a punto de reventar. Lo que más presente se hizo en mí al respirar la ciudad fue la experiencia del tiempo, quiero decir, el ritmo y la disposición con la que habitamos esos arroyos de concreto y asfalto, donde en otro tiempo se escuchaba el rumor del agua correr.

Lo importante es circular, más y más circulación, cuanto más fluida mejor. Pero la lógica del caminar es otra y tiene más que ver con el habitar y el estar, algo que no siempre se tiene en mente. El silencio cuestiona. Y también la mirada atenta, observadora de todo lo que pasa y tiene lugar en el instante que dura un alto o un paso. Ese día en la caminata viví la ciudad de otro modo, no como una prisión que atrapa en su frenética y paradójicamente lenta rapidez, experimenté las arterias como una ventana que desde otro ritmo abren otras posibilidades para habitar, incluso para planear y diseñar ese espacio común. Imaginar ese espacio desde la pausa del caminar, más hospitalaria con la locomoción humana que necesita de la respiración para energizar el movimiento.

El silencio pregunta. No sé qué decir de la mirada de los conductores que extrañados contemplaban un grupo de personas que caminaba en fila. De algún modo hicimos visible otra escala y otro ritmo. Esa tarde habité la ciudad con placer: me pareció hospitalaria. Caminando y respirando, no padeciendo ni sufriendo el tiempo, sentía que ese día no volvería agotado a casa porque caminar, una variante del trabajo, pero un trabajo que no tenía que ver ese día con producir y ganar algo, no representaría una fuga sino una energía reconcentrada, potenciada y multiplicada, no un gasto ni una pérdida como la ciudad misma y sus demandas imponen: placer, puro placer sin finalidad. Nos detuvimos para observar, habitar los espacios y el tiempo, recorrerlos.

Las alarmas y la inquietud de los policías apostados en el estado de sitio consumado en las inmediaciones de la Secretaría de Gobernación, a unos pasos de Bucareli, me hicieron pensar que caminar la calle, hacerla propia y recorrerla en comunidad es un acto político. Si hubiéramos salido a caminar como un transeúnte más habríamos pasado desapercibidos. El caminar silencioso inquietaba y despertaba la curiosidad. Los policías, imaginaron que nos dirigíamos a un velorio. Algo en ese caminar podía asociarse con un andar ceremonioso, y quizá, respetuoso y cuidadoso con el espacio público y sus habitantes. El silencio pudo interrogar sobre el modo de hacer ciudad y habitarla.